Venezuela y Chávez: cuestión de clase, per Francesc Miralles

Los tres días que han separado la muerte de Hugo Chávez de su multitudinario funeral han dado bastante de sí como para que los diferentes medios, analistas y aspirantes a intelligentsia local condensen en 72 horas las opiniones que llevan 14 años vertiendo. Dejando a un lado el puro odio de la caverna y algunas (pocas) hagiografías, la mayoría se ha movido en un amplio espectro que, aunque reconociendo algunos logros, y en pos de una supuesta equidistancia, se ha mostrado mayoritariamente muy crítico con la trayectoria y obra del mandatario venezolano.

Los análisis han estado sobrevolados por los epítetos habituales: populista, demagógico, histriónico, sin adelantar demasiadas definiciones sobre el significado concreto de estos calificativos, y sobretodo sin dejar entrever cuáles son los antónimos que deberían definir a la política deseable, que se presupone debe ser la que rige en Europa. Otro sector de la intelligentsia se ha decantado por la suprema objetividad del análisis de datos. Servicios públicos vs inflación, dependencia petrolera y criminalidad; un análisis que llevado al extremo retrata a la Venezuela de Chávez como un caso extremo de clientelismo.

Sin embargo, ninguno de estos fríos y sesudos análisis, ni el de adjetivación ni el de datos, llega a entender ni siquiera superficialmente las razones de los éxitos electorales del chavismo; el simple clientelismo político no explica el deslumbrante show estético de centenares de miles de personas llorando y coreando a Ahmadineyad en Caracas en un funeral de Estado. La participación, la aprobación en las urnas y encuestas, la autoorganización en grupos vecinales -y frecuentemente armados- que evitaron que Chávez se convirtiera en un mártir como Allende tras el golpe de estado de 2002, devolviéndole al poder a la fuerza. Falta algo en la [que ellos creen] autopsia española -y europea- del fenómeno bolivariano.

No se trata sólo de personalismo y de la figura del mártir -pronto embalsamado y visible al público. En las próximas elecciones venezolanas, a celebrar dentro de pocos meses, el hasta ahora vicepresidente Nicolás Maduro, un mestizo y antiguo conductor de autobuses urbanos, se enfrentará a un antiguo abogado fiscalista, blanco, e hijo de una familia de multimillonarios venezolanos, Henrique Capriles. Este hecho, visto como poco o nada relevante en nuestros medios de comunicación y tertulias de todólogos, es posiblemente la clave de la identidad política que conocemos como bolivarianismo o chavismo: la cuestión de clase, que en América Latina aparece íntimamente ligada a otros factores como la raza, el idioma o la etnia.

Pocos saben que en Venezuela, los blancos suponen sólo un 15% de la población. Justo el segmento que controla la mayoría del poder económico, acceso a la educación superior y el único sector social asimilable -en lenguaje, indumentaria, hábitos culturales y de consumo- al público europeo. Los cuadros de la oposición y de sus medios de comunicación están nutridos básicamente -por no decir monopolizados- por blancos. Empezando por el propio Capriles, continuando por sus lugartenientes, siguiendo con el golpista Carmona y sus ministros y, finalmente repasando los presidentes y ministros de los gobiernos de Punto Fijo anteriores a Hugo Chávez. Repasen intervenciones en medios de comunicación -españoles y venezolanos- sobre la oposición venezolana y cuenten cuantos mestizos -por no hablar ya de negros o indígenas- alcanzan a ver.

Ya no es sólo que este hecho sea desconocido mayoritariamente por aquí. Es que la misma existencia de una conflicto subyacente en la esfera pública es un tema de debate inexistente en España, no ya desde la caída del Muro de Berlín sino desde la misma Transición. Aquí somos amigos de la cultura del Pacto de Estado, las manifestaciones convocadas por el gobierno y el todos contra ETA; ni en el momento más crudo de la crisis se llega a vislumbrar la desigualdad de renta como centro del debate público. El consenso mediático -que a día de hoy es aún el único que construye mayorías- es totalmente otro, y la cuestión social lleva tres décadas fuera del debate. Los anteriores destellos de atención pública que el proletariado industrial era capaz de sacar a la luz han desaparecido prácticamente con él.

Los pobres no existen en los medios españoles. Los parados estructurales suburbiales aparecen en Callejeros, como motivo de lástima y risión, para pasto de los programas de zapping. A veces aparecen en realities de pasada, o cuando se suicidan y los vecinos dicen que parecía alguien normal y de clase media, que hasta regentó un negocio por cuenta propia antes de la crisis. Los pobres están en el extranjero, y así la cooperación sirve de cortafuegos de las propias miserias.

Tampoco existe la violencia. Si hemos de creer al relato mediático, la Primavera Árabe en Egipto fue un proceso por el cual un grupo humano sentado tres semanas en una plaza hace caer a un gobierno, debemos creer que haciendo uso de vudú o alguna mala arte. Las imágenes de cámara fija de la Plaza Tahrir son tan representativas de la revolución egipcia -con semanas de huelga general indefinida, tiroteos, cargas policiales y muertos- como la de Camara Café representativa de un centro de trabajo. Veáse si no el 15-M -miles de jóvenes imitando sólo lo que vieron en la tele- como significativo de hasta qué punto los medios condicionan la cultura política.

Con Venezuela, la opinión pública española ha copiado mutatis mutandis lo que ha visto en los medios. No tanto -o no sólo- en su opinión sobre el chavismo como fenómeno político, donde a pesar de todo han aparecido saludables divergencias, sino sobretodo en el enmarcado de la cuestión.

La mayoría, hasta los que reconocen sus logros sociales a través de los fríos números, seguramente deplorarán la división, la demagogia, el enfrentamiento; implícitamente, el hecho de que haya al menos dos modelos sociales presentes en las elecciones y no sólo uno. Ése es el éxito del discurso mediático CT (Cultura de la Transición) sobre Venezuela, tanto en su versión editorializante como a la construida a partir de testimonios: inmigrantes cualificados, españoles que visitan Venezuela, en general blancos de clase media horrorizados por la política tumultuosa y de broche gordo, con quien el espectador occidental puede empatizar más fácilmente que con un mestizo de negro y indígena vestido con chándal.

La fuerza del chavismo proviene en este vínculo de representatividad con una gran mayoría de la población venezolana. El particular melting pot de referentes políticos -Simon Bolívar, el cristianismo de base, el indigenismo, Marx y Gramsci- se unió a su trayectoria como militar y a su condición de zambo, mestizo entre negro y indígena. Los sectores unidos alrededor de su liderazgo -denominados el Polo Patriótico- han cristalizado con el tiempo en una coalición estable con un programa claro: expansión de derechos en favor de la mayoría de la población.

No es sólo el hecho de haber abierto ambulatorios y hospitales, enseñado a leer a millones de ciudadanos y haberles dado acceso a la educación secundaria y universitaria; es que éste hecho ha dado carácter de ciudadanos -participantes del proceso político- a millones de personas que antes ni aparecían en las estadísticas. Es una percepción muy amplia, que Chávez ha dado dignidad a amplias capas de la población. Y ésto, como todas las percepciones, escapa a las estadísticas.

El mismo tipo de fenómeno es el que se ha dado a nivel latinoamericano. El énfasis dado por Hugo Chávez a la construcción regional latinoamericana a lo largo de década y media ha dado sus frutos. En el funeral, hasta el presidente de Colombia, tradicional aliado de los Estados Unidos, ha participado junto a sus homólogos en el homenaje. Hoy, gracias a la cohesión regional y a las no menos importantes ayuda económica china y militar rusa, la política exterior sudamericana se ha transformado y construye sus propias dinámicas y alianzas independientemente de las opiniones occidentales al respecto. Éste avance, que en Latinoamérica se concibe como una traslación de la dignidad de clase a la esfera internacional, es en gran medida la causa de la popularidad de Chávez allende las fronteras venezolanas.

Sin embargo, y visto desde aquí, es más placentera la bromita fácil sobre la estética de los seguidores de Chávez, burlarse del chándal con la bandera que hasta el multimillonario Capriles tuvo que ponerse para tener alguna opción en las elecciones o de los dirigentes del PSUV rezando o cantando vallenatos. Al fin y al cabo, el clasismo y la risa a costa del débil es la base del humor supuestamente inteligente en Europa: igual con los gitanos del Cabanyal, la ruta del bakalao o los parados magrebíes de los suburbios franceses.

Y como muestra un botón: la oposición venezolana contraataca al funeral de Estado burlándose de Nicolás Maduro en Twitter, no a propósito de su discurso o su programa, sino de sus orígenes humildes, con el hashtag #MaduroCorazóndelMetro ¿Necesitan más pruebas de cuál es el problema subyacente?

Original estret d’ací: http://www.lapaginadefinitiva.com/2013/03/08/venezuela-y-chavez-cuestion-de-clase/

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2 comentaris

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2 responses to “Venezuela y Chávez: cuestión de clase, per Francesc Miralles

  1. Joan M. Badia

    Os dejo un enlace de youtube para que veais las manipulaciones de los gobiernos y los medios de comunicación, este video es muy interesante. Saludos.

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